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domingo, 27 de julio de 2014

TU MISA

Confieso que soy bien flojo para ir a misa. Hubo un tiempo en que iba 3 días a la semana y los domingos incluso iba dos veces al día... eran otros tiempos.

Hace algunos días llegué de Paraguay donde alojé en la casa de una familia espectacular. Sumamente católicos, schoenstattianos como yo, y con una libertad maravillosa.

El día domingo era el cumpleaños de Juanjo, el menor de los hermanos. Su hermano mayor quería ir a misa a las 19.30, pero Juanjo quería salir con sus amigos a las 19.00 hrs. y su hermano debía llevarlo en auto.

- Pero no puedo, Juanjo. A las siete y media tengo que estar en la misa.- dijo el hermano.
- Lo lamento, tu hermano está de cumpleaños hoy... debes llevarlo. Esa es tu misa hoy.- interrumpió sabiamente la madre.


Hoy domingo no fui a misa. Estuve a esa hora contigo.
Esa fue mi misa y Dios lo entiende. A Dios le gusta.



sábado, 3 de diciembre de 2011

CATÓLICOS UNIVERSALES


Siempre hemos sido criticados por nuestros hermanos protestantes, pues nos refutan porque repetimos una y otra vez las mismas oraciones de memoria sin darle un sentido de diálogo con el Señor. Hay que comenzar por hacer el mea culpa y reconocer que muchas veces -quizás la mayoría de las veces- rezamos sin cargar de sentido y sentimiento nuestras palabras, pero creo profundamente que hay más riqueza en estas prácticas tan criticadas.

Rezar lo mismo es, en primer lugar, saber que estamos todos de acuerdo. Creemos en lo mismo, poniendo distintos acentos seguramente según las distintas experiencias de vida y experiencias culturales, pero el “depósito de la fe” es el mismo. 

En segundo lugar es un signo de unidad que muchas iglesias protestantes debieran imitar. Somos UNA Iglesia Católica, y eso es maravilloso. Estamos unidos en oración, pues en cada uno de esos rezos que “repetimos como cotorras” recordamos a todos nuestros hermanos que están alrededor de la tierra e, incluso, en el Cielo, y han dicho las mismas palabras buscando una vinculación profunda con Dios y los demás.

La palabra “católica” viene del griego y significa “universal”.  ¿Qué mejor ejemplo que nuestra oración compartida con todos los católicos del universo? Somos tantos católicos en el mundo, y sin embargo TODOS estamos en el mismo tiempo litúrgico. ¡Qué hermoso es ver blogs de diferentes países (Nicaragua, España, Chile, Perú, Burundi, Italia, etc...) y ver que estamos todos en sintonía! Todos hablando sobre el adviento, o sobre algún santo que celebramos como Iglesia, o sobre alguna fiesta importante...

Me enorgullece decir que rezo, porque eso inmediatamente me reconoce como católico. No digo que “oro” porque dejo abierta la posibilidad a ser de cualquier otra Iglesia cristiana que, sin menospreciar, no tienen la unidad que tenemos nosotros.


Gracias por leer. REZO por ti.

domingo, 5 de junio de 2011

PADRES Y MADRES CON SÍNDROME DE DÉFICIT ATENCIONAL SACRAMENTAL


Vale la pena ir a misa de 12.30 en mi comunidad, porque es una misa destinada para los niños. Van muchos pequeños y escuchan atentos la homilía del padre, responden a sus preguntas, e intentan adivinar sus acertijos...

Digo que vale la pena, porque es casi obvio que es una eucaristía un poco menos formal y a la cual hay que ir armado de paciencia y dispuesto a desconcentrarse fácilmente debido a los llantos, risas, saltos, portazos y gritos de los niños. Está bien, podríamos decir, es normal que conversen en la mitad del Evangelio o se atrevan a llorar en plena oración universal, pues son niños.

Los padres que van deben tener muy claro que ellos son un ejemplo para sus hijos en todo orden de cosas, incluyendo el comportamiento en misa. Pero hoy, justamente, me topé con una mamá que no lo tenía muy claro, y que encima reprendía a su hijo -de no más de 10 años- por su poca atención al altar.

Ella se encontró con un amigo de la infancia que no veía hace mucho tiempo -lo digo en serio, porque escuché completa la conversación- y se sentaron juntos, al lado mío y chacharearon hasta cansarse. Se mostraron mutuamente las fotos de sus hijos. La mujer se había divorciado hace poco y lamentablemente su padre había muerto hace unos meses... en fin. Hablaron mucho durante TODA la misa.

Casi al final, después de la comunión, llega uno de los niños.
- ¿Dónde estabas, Juan? Te perdiste toda la misa.- dijo ella descaradamente. En ese momento yo sólo pensaba si ella habría escuchado algo del evangelio, o qué le había parecido la predica...
- Afuera, jugando.- respondió inocentemente el pequeño.- Me quiero ir.
- Pero no podemos irnos todavía.- exclamó la madre acariciando la cabeza de su hijo.
- ¿Por qué no?- mis antenas se pararon para escuchar la respuesta de la madre. Sabía que ahí estaba la razón de todos sus actos:
- Eh.. porque no. Porque es así, no más.

Si ella no sabía por qué estaba ahí ¿cómo podría esperar que su hijo quisiera quedarse?
Si ella no respetaba lo que estaba sucediendo en el altar ¿cómo podría un niño de diez años, cuyo ejemplo y referente máximo es su madre, manifestar respeto por un misterio que no entendía?

jueves, 30 de diciembre de 2010

EL NIÑO QUE QUERÍA VER A JESÚS

Había una vez un niño muy pequeño que acompañaba cada domingo a sus papás a la santa misa.
En el momento de la consagración siempre quería ver hacía adelante, porque veía que todos miraban hacia allá, pero no podía debido a su baja estatura.

Cuando tenía 10 años se enteró de que el pan se convertía en Cuerpo de Cristo y el vino en Su Sangre. Entonces intentaba mirar por sobre la gente para ver una señal mágica en la hostia.

Pasaron los años.
Cuando tenía 20 años miraba detenidamente la consagración para luego ver a Cristo en el rostro de sus hermanos...

Siempre quiso ver a Cristo. Y, aunque nunca fue fácil, siempre lo logró.

lunes, 19 de abril de 2010

LA COMUNIÓN (De la caja roja 4)

Esto fue escrito el 3 de diciembre de 2006. Hay muchas cosas que ya no comparto. Hay cosas que han cambiado, cuyas percepción es diferente hoy, pero como dije un par de entradas atrás, quise mantenerme fiel a estos textos, dejarlos tal como los encontré…

Cada vez que voy a misa me fijo en cómo comulga la mayoría de la gente.
Para empezar, le dicen a su amigo que está al lado suyo “¿Vamos a comulgar?” y el otro le dice “Bueno” el 90% de las veces.
Luego, mientras hacen la fila, se preocupan de saludar a la mayor cantidad de gente posible. Conversan con el que está atrás o adelante, y miran todo el lugar para ver si hay algún conocido. Y, por último, una vez que ya han comulgado, mastican rápidamente la hostia y la tragan para seguir conversando, en algunos casos rezan un poquito.
Si uno comulga o no, es decisión propia. Invitar a alguien o esperar ser invitado demuestra que ¿no nos atrevemos a recibir a Cristo por nuestra cuenta?
Es difícil de entender.
Mientras hacemos la fila para comulgar deberíamos ir concentrados en lo que vamos a hacer: ¡Recibir a CRISTO! Rezarle para que se quede en nuestro corazón. Prepararse, concentrarse, etc.
Una vez que ya hemos recibido a Jesús tendríamos que aprovechar al máximo ese momento. Rezar, rezar, rezar para que Jesús no se vaya de nuestro corazón, de nuestra boca, de nuestro pensamiento.

Jesús
Con la certeza de que ahora estás en mi corazón y consciente de que nunca vas a estar más cerca de él
Quiero contarte que…
Agradecerte por…
Pedirte por…
Y pedirte que te mantengas en mí
Que cada comunión que tengamos
Me acerque más a Ti
Para poder llegar a ser reflejo tuyo.
No te vayas de mi corazón
No te vayas de mi pensamiento
No te vayas de mi boca
No te vayas de mis manos
Y así darte gloria en cada acto de mi vida.
Amén.

Hoy valoro mucho el hecho de que alguien te invite a comulgar, aunque a veces hay que saber a quien decírselo, debe existir la confianza para que esa persona se sienta con la libertad de decirte “No, gracias” sabiendo que no le está diciendo “No, gracias” a Cristo.
Con respecto a la pregunta “¿No nos atrevemos a recibir a Cristo por nuestra cuenta?” hoy sin duda respondería que no me atrevo, que no se puede, que no se es digno, que se necesita de el otro para que te ayude a recibirlo. Eso, precisamente, es la “Koinonía”; eso es la Eucaristía.

martes, 13 de abril de 2010

CREER (De la caja roja 2)

Esto lo escribí el 17 de enero de 2007, camino a Lonquimay. También estaba dentro de la caja ya mencioanda.

¿Por qué cuesta tanto creer?
El hombre está tan reacio a creer. No solo no hay fe en Dios, sino en todo. Tal vez, por un lado esté bien: no creer “porque sí”, sino buscar una razón más profunda, cuestionar para fortalecer nuestra fe, nuestras convicciones.
Debo reconocer que yo también me cuestiono de vez en cuando muchas cosas y estoy en desacuerdo con muchas otras también, mas de algún modo siento que esos cuestionamientos tienen fruto y fortalecen mi fe.
Fe es la esperanza de lo que creemos, la convicción de lo que no vemos; tal vez por eso al mundo le cuesta tanto creer, porque le cuesta creer en lo que no puede tocar, oler, etc… Pero ¿acaso no vemos a Dios en cada minuto de nuestras vidas? ¿no lo vemos en cada persona que está alrededor nuestro? Hay tantas cosas donde podríamos ver a Dios y no lo hacemos. Desde la Eucaristía hasta el hecho de que “un semáforo nos toque verde”. Para ver esas cosas no debemos abrir al máximo nuestros ojos, sino abrir nuestro corazón. Como decía Saint-Exupéry: “Lo verdaderamente importante solo es visible a los ojos del corazón”, nosotros, como cristianos, podríamos decir “a los ojos de la fe”.

martes, 16 de marzo de 2010

COMÚN UNIÓN

Hace dos domingos que no voy a misa.

El domingo antepasado me disponía a ir a misa. Me duché y al salir del baño vi la mesa puesta para tomar once junto a mi familia. Ante ese panorama decidí quedarme y compartir con mi familia.

Y anteayer fui al campo de un buen amigo todo el día, junto a varios más a un asado, a jugar futbol y compartir un rato con ellos. Conversamos, nos reímos caminamos y respiramos aire limpio.

¿Qué tan malo es cambiar dos misas dominicales por la familia y los amigos?

Este tipo de cosas me hacen pensar en qué tanto valoro la eucaristía...
pero si hubiese ido a misa esos días me preguntaría ahora qué tanto valoro la amistad y la familia.
Si la eucaristía es precisamente encontrarse con Cristo y compartir con el otro ¿está mal lo que hice? ¿está bien lo que hice?

Mientras en los amigos y mi familia encuentre a Cristo está bien...
Mientras en la Eucaristía tenga presente a mis amigos y mi familia está bien...

viernes, 22 de enero de 2010

Mi experiencia personal de Fe (ensayo 1)


En el ramo "Teología Fundamental" que rendí el año ante-pasado se nos pedía hacer reflexiones sobre los temas tratados en clases a través de ensayos.
El primero de ellos fue este, escrito en Agosto de 2008:



Para hablar de mi experiencia de fe me es imposible no referirme antes a mi experiencia de Dios ¡Y que difícil siquiera comenzar a pensar en esto! No porque sea muy poco lo que puedo decir, sino, precisamente, por lo contrario. ¡Es tanto lo que Dios me entrega y se me entrega a lo largo de mi vida! Quisiera, por lo tanto, comenzar por eso. Dios, como un Dios omnipresente. Durante estos años que he querido trabajar con dedicación para el Señor lo he visto presente en cada minuto, a pesar de no ser yo siempre un instrumento que se abandona en Él, como el barro al alfarero o el timón al capitán. Dios me ha hablado en cada instante de mi vida y lo he escuchado muchas veces, pero muchas no lo he querido escuchar y otras ni siquiera he notado que está ahí, pero sé que siempre ha estado, y tengo fe en que así será incondicionalmente. Lo he aprendido a descubrir, de manera especial, en las cosas pequeñas y dejar de buscarlo en el fuego o en el trueno, en el temblor o el huracán, sino que he querido esforzarme por hallarlo en lo débil, en lo pequeño y sencillo, en el susurro, en la brisa, en el silencio de la oración, en una sonrisa, ese don que, como San Alberto Hurtado decía, es tan preciado y que nadie es tan pobre para no poder darlo y tan rico para no necesitarlo… Y es que Dios me ha enseñado algo fundamental en la vida, y es entender y tomar conciencia de cómo Dios siempre nos interpela, nos llama, y nos habla gratuitamente, y no me refiero con esto sólo mirando la historia de Israel, sino que en cada minuto de mi vida. He logrado entender que tanto, una hoja que cae de un árbol, la elección de un nuevo papa, o el Milagro de la Eucaristía es voz de Dios. Dios está presente en todo momento, aunque no podamos verlo. Se hace presente en lo pequeño y, por si eso fuera poco, se hace pequeño y entrega su vida por nosotros. Lo hizo hace dos mil años y lo hace a diario en el altar. Él, que es Dios, se hace débil y se humilla y muere por mí.

En segundo lugar he podido descubrir la cara materna de Dios. Obviamente en mi Reina y Madre hermosa, María, porque Él también está presente en esa Persona que fue Tabernáculo Vivo… Pero más allá de eso. He visto siempre a Dios como un Padre, pero sólo porque así nos ha sido enseñado desde siempre, pero sé que Él también es Madre, desde mi perspectiva es más Madre que Padre. Su rostro femenino me es más significativo y sé que esa percepción tiene que ver con mi propia historia de vida […], pero ha sido así como Él se me ha mostrado, se me ha revelado: como esa persona cariñosa, que está siempre atento a lo que yo, su hijo, hago o dejo de hacer. Esa persona que sabe educarme sin dejar de dignificarme, mostrándome siempre el camino y haciéndome entender que su querer es y debe ser el mío también. Dios es Padre y también Madre.

Un Dios que es Iglesia y que es signo de alegría. […]
Es un Dios que siempre tiene algo nuevo que mostrar y que hace nuevas todas las cosas. Y que importante es en mi vida el poder renovarme en mis compromisos con Él y María constantemente. Nadie puede decir que Dios “está pasado de moda” o que en relación a Él siempre es más de lo mismo. […]

Es ese el Dios en quien creo, en quien tengo fe. Porque no se puede hablar de fe sin hablar de creer. No sé cuál será la definición de esa palabra -tan pequeña y grande a la vez- según el diccionario, pero me quedo con las palabras de San Pablo al reconocerla como la garantía de lo que se cree, la espera de lo que no se ve (Hb 11, 1). Porque se sabe que la fe no es algo racional, entendiendo esta “irracionalidad” no como algo sin sentido -muy por el contrario-, sino como algo que la razón no es capaz de explicar, que el lenguaje no es capaz de expresar con sus códigos humanos. Tampoco se debe entender que es algo totalmente de sentimiento, aunque sin duda algo de eso hay. La fe es ese tesoro que llevo en vasos de barro, que refleja inseguridad, porque la fe es amor y el amor -y de esto no cabe duda alguna- no tiene relación con la razón. La fe es como una relación amorosa, pero en la que uno puede fallar pero ella no fallará y constantemente me perdonará y hará una fiesta si vuelvo a su Casa. Desde este punto de vista la podríamos comparar con una relación padre-hijo, pero la gran diferencia está en que uno si puede decidir su fe (sin considerar el contexto geográfico-cultural natal) así como puede decidir una relación en contraposición de la relación paternal-filial. Esto no significa que uno puede elegir que creer, así como tampoco puede elegir querer o no a alguien; no obstante sí puede cultivar esa fe en la que cree, así como puede cultivar ese amor que siente.

Por lo tanto la fe está lejos de ser certezas, más bien, me ha generado dudas constantemente, sobre todo en el plano escatológico: ¿Qué pasaría si al morir no existiera realmente otro mundo? Si el Dios que yo adoro no es el “verdadero” y soy juzgado por otros dioses ¿seré salvo?, etc… No creo que sea sano no hacerse estas preguntas alguna vez a lo largo de mi vida de fe, siempre cuando actúe en nosotros esa santa relatividad que sea capaz de hacernos cuestionarnos siempre para encontrar una respuesta clara anclada en Cristo y en mi propia fe.

Se hace muy difícil, entonces, definir qué es la fe, sin embargo tengo muy claro lo que no es: la fe no es, en primer lugar, signo de seguridad. No es tampoco signo de racionalidad. No significa grandeza. No es respuestas.

Me atrevo a decir que la fe es esa “energía” -porque no la definiré como una “idea”, ni como un “sentimiento”, ni nada sustancial, claro está- que me lleva a actuar de una determinada manera y que da sentido a mi vida.

jueves, 29 de octubre de 2009

David, el más pequeño (1Sam 16, 11)

Como cada Domingo, David va a Misa a Ayinrehue.

David es un hombre de alrededor de 35 años que vive en la calle. Tiene claros problemas motrices, le cuesta comunicarse y su salud mental no es óptima.

David participa atento de la Misa, pero más que estar pendiente de lo que dice o hace el sacerdote, está muy pendiente de todos quienes están a su alrededor. Se para junto a la puerta y la abre y cierra a cada persona que entra, sin importar que esta llegue atrasada, sea indiferente con él o lo mire con desprecio. David está siempre atento a lo que la gente necesita y no espera nada a cambio.

No obstante, David, pone su mirada en el altar y en la liturgia por un momento, el momento más importante: la Consagración. Desde ese minuto nada parece importarle más, se arrodilla al igual que todos, guarda silencio y agacha la mirada como sabiendo el respeto y solemnidad que la situación amerita. Ignoro si alguna vez comulga como todos... probablemente no se siente digno por estar mal vestido y sucio a diferencia del resto que lucen sus mejores tenidas en La Más importante de las fiestas. Mas, mi buen David ¿No sabes que lo verdaderamente importante es la pureza del corazón? Esa es la única tarjeta de invitación que sólo Dios puede hacerte llegar.

David vuelve a estar atento al resto tras la Comunión. Se acerca el momento de cumplir una de sus importantes tareas. Cuando el Santísimo es llevado de vuelta al tabernáculo, David abre la puerta del salón y luego apura el paso para abrir la puerta del Santuario. El Santísimo es guardado en el tabernáculo y David regresa a la Misa, al lugar de siempre: de pie junto a la puerta al fondo de la sala, solo.

David, tú eres el más pequeño entre tus hermanos, pero el más grande ante los ojos de Dios, porque tú pones la mirada en lo más importante: el prójimo y el altar. Tú eres más digno de Cristo que muchos de los que les abres la puerta cada Domingo.

David, tú pronuncias palabra sólo para preguntar lo que relamente importa, y, aunque sabes la respuesta no te cansas de oírla para nunca olvidarla: "¿Cuándo hay misa?".

Gracias David.