viernes, 9 de febrero de 2018

LUCHAS DE EGOS (El Papa VIII)



Previo a la visita del Papa estuve con mucha gente que me contó alguna función que desempeñaría en dicho evento: ministros de comunión, producción, coro, liturgia, escenario, difusión, voluntarios papales, coordinador de esto, jefe de aquello, organizador de esto otro… y el etcétera es interminable. ¡Claro! Si un evento de dicha magnitud necesita de mucha gente que esté al servicio de dicha actividad. Y qué alegría que haya tanta gente dispuesta a asumir esos servicios. Sin embargo cada vez que alguien me contaba que estaría en alguna de esas situaciones, me parecía más lejana la palabra “servicio”. Veía rostros de “estoy orgulloso” (con justa razón), de “esto es fruto de mis méritos” (tal vez), de “soy sumamente importante” (claro que no).

Desde hace muchos años que vengo siendo testigo de esta realidad en la Iglesia y me duele mucho. Al parecer tenemos tantos accesorios a nuestra fe, que se nos olvida volver una y otra vez a lo más importante: Jesús. Pero muchas veces el egoísmo nos gana y no nos damos cuenta. Durante la visita de Francisco lo experimenté: a los voluntarios nos enviaban de un lado a otro a cumplir tareas que cualquiera de los que nos enviaba podría haber hecho, pero la comodidad de la autoridad era muy fuerte; y la lucha de egos, mayor aún.

Cuando estamos al servicio de Jesús, no podemos sentirnos autosuficientes o triunfadores. No podemos creer que la fe un don y nada más, porque todo don implica una tarea. El mismo Cristo nos enseña que el más grande es el que sirve, y que ahí radica su grandeza; nos enseña que debemos sentarnos en el último puesto del banquete para que nos inviten a la primera fila; nos enseña que los últimos serán los primeros.

Agradezco a todas esas personas que ejercieron algún servicio en la visita del Papa de manera humilde, silenciosa, alegre y con disposición. Y espero, de corazón, que quienes se sintieron (nos sentimos) orgullosos, merecedores e importantes, cambien pronto su mirada, por el bien de nuestra Iglesia, que padece del mal del egoísmo. El Papa, mayor autoridad de la Iglesia, se reconoce pecador y poca cosa ¿Qué ejemplo más claro que ese?


jueves, 8 de febrero de 2018

FRANCISCO Y SU FORMA (El Papa VII)



Una de mis grandes inquietudes, cuando supe de la venida de Francisco a Chile, era saber qué iba a decir, cuál sería su discurso, qué mensaje nos trae. Me imaginaba la homilía acá en Temuco diciendo una cosa u otra… En fin, mis expectativas estaban puestas en sus palabras, cuando en realidad -como ha sido todo su pontificado- el Papa Francisco nos invita a poner el acento en las obras. Él, sin querer, tal vez, nos muestra una forma muy especial. Quisiera centrar estas líneas en eso: las acciones del Papa que van más allá de su discurso, sus acciones que nos muestran a Dios desde lo más humano.

A diferencia de otros grandes líderes mundiales, él detiene su discurso cuando sucede algo en la asamblea. Lo hizo en más de una ocasión durante el encuentro con los jóvenes en Maipú donde, a causa del calor, muchas personas se desmayaron en plena homilía. El Papa demuestra preocupación por esas personas. No puede ni quiere ser indiferente ante el sufrimiento de otro, así como lo hizo Jesús ejerciendo una “función terapéutica”, que no era su misión, pero que era parte de su ser humano.

Establece un diálogo con las personas, por ejemplo, en medio de sus homilías le pregunta a la gente desde qué hora espera, si están cansados. No viene a escupir su discurso y luego marcharse, sino que se da el tiempo de escuchar a su pueblo. Por la misma razón se reúne a almorzar con grupos de personas: quiere oírlos, quiere establecer un diálogo con la gente. Cuando un periodista le pide desde una reja que se acerque, el Papa le pregunta si está cansado, si está incómodo; da espacio para que la gente se manifieste dejando que lo interrumpan en sus discursos para aplaudir; une en matrimonio a una pareja en el avión; etc. Tiene esa necesidad por escuchar tan poco evidente hoy en día, sobre todo en grandes líderes con complejo de autosuficiencia.

El gesto más lindo ocurrió casi al final de su visita, cuando el caballo de una carabinero se asusta dejando caer bruscamente a su jinete. A pesar de ser tan autoexigente con los tiempos, con la puntualidad de cada actividad en su programa, el Papa pide que detengan el Papamóvil y se baja a socorrer a la uniformada. Seamos sinceros ¿qué ayuda médica podría haber brindado el Papa a esa mujer? Probablemente ninguna, pero de igual manera decide ir a auxiliarla, al menos para acompañarla.

El Papa vino a decirnos muchas cosas. Y lo hizo de forma grandiosa. Pero el mayor mensaje que uno puede obtener, pasa por las obras que él realiza. Y no me refiero a las actividades consideradas dentro de su programa (que también pueden ser maravillosas), sino a esos actos de humanidad espontáneos que llevó a cabo en muchas oportunidades, y que nos invitan a buscar a Dios, precisamente, en lo más humano, y el Papa es un experto en eso. Francisco nos invita a anunciar al Señor, pero sin olvidar que ese discurso debe ir de la mano de una forma particular que refleje a Jesús.


miércoles, 7 de febrero de 2018

LAS CARMELITAS (El Papa VI)



Las Carmelitas Descalzas son una congregación de religiosas de claustro, es decir, que viven “enclaustradas” en su monasterio dedicadas a la vida de contemplación y oración. Salen muy pocas veces o, en algunos casos, nunca del lugar. No obstante, en la misa del Papa en Temuco, estaban todas en primera fila esperando al pontífice. Gritaban, se sacaban selfies, bailaban, conversaban… al contrario de lo que mucha gente piensa, son personas muy “seculares” y muy conscientes de la realidad que las circunda (sin duda, más que nosotros). 


Durante la vigilia para esperar a Francisco, recibí dos mensajes pidiéndome que rezara por una tía que estaba grave de salud. A ambos respondí que sí, por supuesto, sin saber qué pasaría con esas peticiones.

Mientras a mí me invadía el cansancio y el sueño, las carmelitas seguían ahí con una sonrisa de oreja a oreja y un entusiasmo único durante toda la vigilia. Decidí que debía hablar con ellas. Pedirles ayuda para que rezaran por mi tía. Llegada la mañana ya era difícil destinar un poco de mi tiempo para hablarles, porque los voluntarios estábamos con muchas actividades. Una vez que llegó el Papa al recinto descarté que pudiera realizar mi solicitud. Tenía una sensación ingrata y de angustia por no haberles hablado.

En el minuto en que el Papa se acercaba a mi cuadrante sonó mi teléfono. Era una amiga de hace muchos años que me llamaba para pedirme que rezara por ella, porque un bebé crecía en su vientre hace algunas semanas, luego de meses de intentarlo con su marido. “Claro -le dije yo- lo haré especialmente en la misa”. Apenas solté esas palabras, mi amiga rompió en llanto y me dice que estaba muy asustada, porque tenía síntomas de pérdida y mucho dolor. Mi oración era más necesaria aún, pero no podía hacerlo yo solo: debía hablar con las carmelitas.

Luego de eso llegó Francisco. Comenzó la misa en la cual elevé mi pobre plegaria al Cielo por las intenciones solicitadas. Como siempre, recé por mi hija Celeste, quien -ahí me di cuenta- debía estar en primer lugar en mi lista de solicitud para las monjitas.

Cuando al fin tuve tiempo y ánimo para hablar con las religiosas, ya todo había terminado: la vigilia, la misa, el Papa, los voluntarios papales… y yo sin hablar con las carmelitas descalzas. Comenzaba el largo regreso a pie de vuelta al hogar bajo el poderoso sol de enero, sin un atisbo de sombra. Todo indicaba que nada bueno podía pasar en ese caminar. Pero en medio del tumulto de gente, vi muy serenas a este grupo de religiosas sentadas en el pasto conversando, como si el panorama fuera el más lindo, sin quejas, sin cara de cansancio, solo alegría en sus rostros. Me acerqué e interrumpí su diálogo. “Necesito pedirles un favor” les dije, a lo que ellas me respondieron al unísono “para eso estamos”. ¡Lo logré! Les pedí oración por mi tía, mi amiga y, además por mi pequeña Celeste ¿Qué mejor? Y yo angustiado por no haber hablado a mi tiempo, cuando Dios me tenía preparado un tiempo mejor.



martes, 6 de febrero de 2018

EL ABRAZO QUE ME FALTÓ (El Papa V)

Sin previo a aviso llegó a mis oídos el rumor que todos esperábamos escuchar: "ya está aquí" me dijo uno de los guardias papales "vieron su auto entrar al recinto". Creo que solo recién ahí me di cuenta de lo que estaba pasando, y no porque mi mente sacó conclusiones de una profunda reflexión, sino porque mi corazón empezó a latir con fuerza y mis ojos se llenaron de lágrimas ¿Por qué? No tengo respuesta a eso, solo creo que mi ser completo se dio cuenta -y lo manifestó así- de que estaba en un lugar y momento histórico para nuestra patria y nuestra región.

Fue todo muy emocionante, tanto así que cuando pasó al lado mío no supe qué decirle y me quedé en silencio previniendo el llanto. A pesar de todo eso me quedé con un sabor amargo que después conversé con mi mamá, quien experimentó lo contrario.

"Yo llamé a tu hermano y le pregunté dónde estaba, y estaba ahí a una cuadra de nosotros, así que nos juntamos todos a ver al Papa... creo que eso fue lo más bonito de haberlo visto: estar todos juntos como familia" y precisamente fue lo único que a mí me faltó ese día. Era tan potente toda la experiencia que era necesario alguien que te abrazara y te contuviera. Yo estaba rodeado de gente a la que estimo mucho, pero no tenía a mi Celeste cerca, a mi familia, o algún buen amigo a quien abrazar fuerte y decirle "¡Vimos al Papa!". Solo me faltó eso: un abrazo. 

Conociendo lo humano que es el Papa, siento que de haber sabido lo necesario que era para mí ese abrazo, se habría bajado del papamóvil a dármelo. Y en cierta medida siento que lo hizo.


lunes, 5 de febrero de 2018

LA GENTE QUE ME PILLÉ (El Papa IV)



Una de las cosas que más me gustó de ser voluntario Papal y de recorrer -con cierta libertad- los cuadrantes en los que estaban los peregrinos, fue que pude encontrarme con mucha gente. Amigos que son católicos y que no dudé que encontraría ahí. Me alegró saber, a través de las redes sociales, de mucha gente que estaba ahí, en algún lugar entre la multitud. Pero sobre todo me alegró ver a esos que alguna vez veía en misa los jueves y/o los domingos; esos con lo que compartí en Misiones hace muchos años atrás o esos que vi la semana pasada misionando; gente de Temuco, pero también de Santiago, de Villarrica, de San José de la Mariquina, de Aysén, de Loncoche… También me alegré de conocer mucha gente nueva que espero reencontrar pronto.

Me impresiona la cantidad de gente que ha pasado por mi vida gracias a Jesús y a la Iglesia. El Papa Francisco fue capaz de congregarnos de nuevo en torno a la mesa de la eucaristía y tengo fe en que seguiremos encontrándonos.