lunes, 29 de mayo de 2017

EL SECRETO DE "J"

Los tiempos de Dios no son los nuestros. Eso lo tengo claro... al menos en el discurso. Pero Dios se encarga de recordármelo sutilmente.

Siempre que voy a Misiones tengo la intención de escribir sobre alguna experiencia vivida ahí y digna de compartir, pero una vez más Dios me hace un “tapaboca” recordándome dejar de lado la soberbia y los egoísmos. Más aún si considero que este año el lema hablaba de abandonar todo en manos de María, como Ella lo hizo en manos de Dios.

No quiero decir con esto que no hubo nada digno de publicar, ni mucho menos. Muy por el contrario, fue una Misión espectacular y rica en aprendizajes… pero Dios se encargó de hacerme esperar varios meses para encontrar la experiencia más importante de estas Misiones.

Hace unos días estaba conversando con "J", una alumna a la que no le iba bien el Colegio, solía pasar de curso a final de año siempre “con lo justo” y con una angustia propia de la situación. Le pregunté cómo estaba, cómo iba su rendimiento en este año. Sorprendentemente me dijo que le estaba yendo excelente, que sus notas eran muy buenas, a pesar de que este año era más difícil. Luego de esto tuvo una explosión de sinceridad maravillosa y, casi como desahogándose, me dijo “Sir, lo que pasa es que… yo le voy a contar. Desde que fui a Misiones todo cambió. Lo que pasa es que en Misiones yo necesitaba que Dios me ayudara con algo, y le pedí que me cumpliera eso, recé mucho, y lo cumplió. Desde ahí que cuando necesito algo rezo con fuerzas y Dios siempre cumple lo que le pido, por ejemplo ahora le he pedido que me vaya bien en el Colegio, o más bien, que me haga entender, que todo el tiempo que invierto en estudiar tenga fruto, y así ha sido hasta ahora”. Le expresé mi alegría por lo que me contaba y ella sonreía reflejo de un gozo inmenso en el corazón, contrario a la angustia que manifestaba cada final de semestre.

Ahora, cada vez que me cruzo con J en el pasillo o el patio, me sonríe como recordándome que yo sé su secreto. Y lo sé. Eso me alegra el alma: saber que por las Misiones J incrementó su fe y, más aun, saber que Dios le responde a esa fe.


jueves, 25 de agosto de 2016

DIOS ES ABUELO II


Hace unos días estuve en el III Congreso de Educación Católica de la diócesis, cuyo tema era la Educación y las familias. Fue una experiencia muy positiva de la cual me llevo muchos aprendizajes nuevos, y la corroboración de otros. Dentro de ellos el siguiente:

La primera charla del congreso hablaba sobre la realidad de las familias en la región y el país. La relatora contó una experiencia que me parece, al menos, interesante. Contaba que dentro de una investigación que realizó en Alto Bío-Bío con un grupo de niños pehuenches, varios niños declaraban que eran castigados por sus padres cuando se portaban mal o les iba mal en el colegio. Por lo general recibían “varillazos” en sus piernas, y las únicas personas que los defendían eran sus abuelos. Por lo tanto -y he aquí la corroboración de un antiguo aprendizaje- ellos anhelaban que sus papás envejecieran, pues tenían la esperanza de que siendo “viejitos” iban a ser buenos.
Hoy que se cumple un nuevo aniversario de tu muerte, abuelita, puedo decir nuevamente y con más convicción ¡Dios es abuelo! 

¡Cómo quisiera que hubieras conocido a la Celeste! Pero sé que la cuidas desde el Cielo =)

miércoles, 10 de agosto de 2016

Ser libre no es hacer lo que quiero.
Ser libre es hacer lo que amo.

sábado, 6 de agosto de 2016

LA INVITACIÓN

Hace un tiempo esto me hubiese enojado. Pero hoy me alegra. Me alegra mucho.

Día miércoles. Misa de 6º a 8º básico.
Hago la fila para comulgar y delante mío va NA.
Él va atento a los demás, va mirando a la gente que está sentada en las bancas.
No pretende saludar, no pretende ser popular entre sus compañeros, no quiere figurar.
Solo quiere compartir lo que él ama, lo que a él le da alegría, lo que él sabe que es importante: comulgar.
Con un gesto pequeño que hace con su mano, invita a sus amigos a unirse a la fila. Le va mal con la mayoría... justamente porque él sabe a quien invitar: a los más desordenados, a los que están más lejos, a los que tienen miedo, a los que tienen dudas, a los pecadores, es decir, a los que requieren de Jesús, como Él mismo dijo (Lc 5, 31).
Más de alguno acepta su invitación, rompe con su timidez y se acerca al Señor.
Con eso basta. NA lo ha logrado. Cumple su objetivo... y, sin saberlo, logra una gran sonrisa en su Profesor.
Ahora espera el próximo miércoles para seguir invitando.
Ahora espero el próximo miércoles para hacer lo mismo.

miércoles, 13 de julio de 2016

HAZ TÚ LO MISMO

Esto no lo dije yo, sino un grande: José Antonio Pagola. Vale la pena "republicarlo"; vale la pena leerlo; pero sobre todo vale la pena vivirlo.

Lc 10, 25-37
Para no salir malparado de una conversación con Jesús, un maestro de la ley termina preguntándole: «Y ¿quién es mi prójimo?». Es la pregunta de quien solo se preocupa de cumplir la ley. Le interesa saber a quién debe amar y a quién puede excluir de su amor. No piensa en los sufrimientos de la gente.

Jesús, que vive aliviando el sufrimiento de quienes encuentra en su camino, rompiendo si hace falta la ley del sábado o las normas de pureza, le responde con un relato que denuncia de manera provocativa todo legalismo religioso que ignore el amor al necesitado.

En el camino que baja de Jerusalén a Jericó, un hombre ha sido asaltado por unos bandidos. Agredido y despojado de todo, queda en la cuneta medio muerto, abandonado a su suerte. No sabemos quién es, solo que es un «hombre». Podría ser cualquiera de nosotros. Cualquier ser humano abatido por la violencia, la enfermedad, la desgracia o la desesperanza.

«Por casualidad» aparece por el camino un sacerdote. El texto indica que es por azar, como si nada tuviera que ver allí un hombre dedicado al culto. Lo suyo no es bajar hasta los heridos que están en las cunetas. Su lugar es el templo. Su ocupación, las celebraciones sagradas. Cuando llega a la altura del herido, «lo ve, da un rodeo y pasa de largo».

Su falta de compasión no es solo una reacción personal, pues también un levita del templo que pasa junto al herido «hace lo mismo». Es más bien una actitud y un peligro que acecha a quienes se dedican al mundo de lo sagrado: vivir lejos del mundo real donde la gente lucha, trabaja y sufre.

Cuando la religión no está centrada en un Dios, Amigo de la vida y Padre de los que sufren, el culto sagrado puede convertirse en una experiencia que distancia de la vida profana, preserva del contacto directo con el sufrimiento de las gentes y nos hace caminar sin reaccionar ante los heridos que vemos en las cunetas. Según Jesús, no son los hombres del culto los que mejor nos pueden indicar cómo hemos de tratar a los que sufren, sino las personas que tienen corazón.

Por el camino llega un samaritano. No viene del templo. No pertenece siquiera al pueblo elegido de Israel. Vive dedicado a algo tan poco sagrado como su pequeño negocio de comerciante. Pero, cuando ve al herido, no se pregunta si es prójimo o no. Se conmueve y hace por él todo lo que puede. Es a este a quien hemos de imitar. Así dice Jesús al legista: «Vete y haz tú lo mismo». ¿A quién imitaremos al encontrarnos en nuestro camino con las víctimas más golpeadas por la crisis económica de nuestros días?

José Antonio Pagola

Fuente: Amerindia.